Una amiga dejó de fumar y se comió una pizza y media. Va a tener que
tomarse un laxante comercial. Una vez estuvo en un hospital en Perú, donde se
veía la masilla desgastada de los azulejos celestes como si se hubiese acabado
la partida presupuestaria. Todo tenía un tono lúgubre de conspiración. Las
pupilas se le sacudieron convulsivas buscando al menos una sombra extraña. Nada
la encandiló. Pensó en su lámpara de tela y en el riesgo de que ella, también
hubiese quedado encendida. La escena parecía hecha a propósito, para generarle
acidez de temor. “Dos vueltas de calesita” murmuro y su voz hizo eco en los
azulejos vidriosos de baño que dormía. Ese mismo amigo nos sorprendió a todos,
unas Pascuas, con una diarrea descomunal. De dimensiones titánicas. Tan contundente
y abrasiva como el Mar Muerto. Estuvo internado, con suero. Pero el susto no se
le pasó más. Desarrolló una psicología similar al paciente abandónico, aquél que
teme ser olvidado por sus afectos y despojado de todo beneficio social. En fin:
a la persona olvidada, alejada de todo reconocimiento, mejor declararla seca,
rastrillada por el sol. Nada de andar llorando una gota de sudor sobre frente
agolpada. Uña entre molares, palito rascador, guante redoblado, fosforó trunco
¿Cuántas son las pertenencias que se pueden llevar a una isla desierta? En mi
opinión de adolescente renacido siempre cuatro: desodorante, harina, un
telescopio y alguna persona predispuesta. Ahora sólo tenía papel higiénico y
botellas vacías. Ella ya no estaba en mi fotografía imaginaria. Después de un
rato seguimos revisando la caja y encontramos documentos varios de mi padre:
pasaportes ilegales, estatutos de empresas y una partida de nacimiento y una
postal enganchada con una perforadora.
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sábado, 14 de diciembre de 2013
jueves, 26 de septiembre de 2013
Mesa ensamblaje 3 – Tres personajes
El riñón se le salió por
el esófago, porque sentía un peligro. Entonces, olió sin freno y
pensó que debía hacerse un té. Entró a la cocina con los pies
mojados: tuvo miedo de tocar la heladera y se rió de su imagen
solitaria, vieja. La puerta hizo ruido (“por el viento, el aire, la
ráfaga”, pensó). Afuera seguía habiendo sol. No dijo nada en voz
alta. Movió los dedos para que le circulara la sangre. Respiró
profundo y encontró su propio eje sobre una hornalla. El agua
terminó de hervir: blancuzca se desparramó por una taza. Esperó el
milagro del azúcar y comprendió que era cursi. Escuchó dos clics
de la lámpara descalentándose. El día tenía, para ese entonces,
demasiado tiempo. Eran las cuatro de la tarde.
Pero no era la hora lo que le
molestaba. En realidad, era el vapor, condensado en un círculo casi
grasiento de rocío inanimado y suspendido. Todavía no llamaría,
sino que esperaría a terminarse el té o el día. ¿Qué iba a hacer
con semejante respuesta que podía revolver a cualquier animal
decente –si es que era eso lo que pudiera, lo que ella tanto temía,
ser la respuesta? Entonces, de golpe, retumbó la certeza con tono a
nuez podrida: ¡basta de preguntas, megalotería insípida! Defecar
es ahora; resumir, para pasado mañana. Tareas concretas: prepararse
un té, un café y tirarlo al inodoro; raspar tostadas, licuarlas y
alimentar las macetas. Después, a la calle: si los pies se
arrastraran, debería pararlos en seco; si se quejara el buitre,
mandaríalo al mantequero; si trajeran a Braian…
La comida sobre la mesa eran
líquidos, sopas, menjunjes. Braian no podía distinguir si eran
verduras, legumbres o carne de pollo. El buitre tampoco. Sin embargo,
se embadurnaba la cabeza y el pico en los platos hondos sin siquiera
usar una servilleta. Era desagradable verlo comer. “Como verlo
hacer cualquier cosa”, pensó mientras se deshacía en quejas
mentales cada vez que el buitre masticaba, caminaba de costado o
simplemente ponía las alas sobre el abdomen para dormir la siesta.
¡Qué desagradable! Casi le producía náuseas verse en el espejo
del cuarto. Se mojó los pies en el bidet lleno para olvidarse del
día pesado y del trabajo que todavía seguía sin realizar. Su
cuerpo se movía epiléptico de sueño y hambre. No había manera de
suplir tanta tristeza. “Si viniese alguien, iría a la heladera”.
Era cierto que de los conocidos nadie se dignaría a abrir la puerta
sin previo aviso.
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