domingo, 5 de junio de 2016

El cangrejero, de Javier Fernández



Mansalva: Buenos Aires, 2013.

Formato Editorial: Edición clásica de Mansalva. Libro corto, buen candidato para edición bolsillo. En la tapa hay un viejo vagabundo sacándose un moco y mirando al horizonte (¿?).
Bio: Joven narrador argentino; editor del blog y editorial Palabras Amarillas; El cangrejero, ganador del premio Indio Rico, es su primera publicación.
¿Cómo llegó a la proxemia?: Siempre en búsqueda de nuevos horizontes y promesas. Recomendación de un amigo también cronista y narrador.
En serie con: Larvas de Elías Castelnuovo y todo lo que sea una descripción de los parias porteños tan visibles e ignorados. El croto es un personaje que tiene apariciones esporádicas en la literatura argentina (desde La Bolsa de Julián Martel, hasta novelas de Osvaldo Soriano y César Aira) en versiones romántico-idealistas y/o caricaturescas; en el caso de El cangrejero, el texto va de lleno a los crotos que viven efectivamente en las esquinas y vías férreas de Belgrano.
Animales y organismos a los que remite: Ratas sucias, carne putrefacta para alimentarnos, perros vagabundos.
Estructura: Diario de pocas entradas a lo largo de un par de años que se configura como crónica de viaje por los bordes de la vida callejera en la ciudad. Hay párrafos cortos y otros más largos que hacen la idea de capítulos. Hay fragmentos que son exclusivamente retratos de personas que el cronista va conociendo; hay fragmentos reflexivos que funcionan como síntesis subjetiva de lo narrado y descripto.
Contenido/temas: El cronista arranca arriba de una moto; de golpe porrazo se come a un “imbécil” (de 9 añitos) y lo hace volar junto con sus gafas. Entonces, comienza una dinámica adrenalínica sobre las consecuencias al accidente que, testigos, comisaría y juez mediante, desembocan en condena a trabajo comunitario: el cronista debe ayudar en un comedor para hombres adultos sin techo. A partir de ahí, ya nos encontramos coexistiendo las normas de los comedores comunitarios, los asados de carne recién salida del tacho, vino en cartón y drogas no-premium. El diario va construyendo los ritos de la calle a partir de diálogos, discusiones, anécdotas, biografías y autobiografías cirujas.
“El cangrejero está en la calle. También es un desierto. Un hogar que no es un hogar. Indigentes, pordioseros, mendigos, ascetas, linyeras, andrajosos, miserables, pobres, crotos. Digo los cangrejos que conocí. Con los que compartí borracheras. Pude hablar con naturalidad, drogado o no, con hipócrita fraternidad.”
Interacción/Estilo: El comienzo del texto es de estructura simple, sin profundas descripciones, sin muchas adjetivaciones hasta que se choca y detiene en el registro de los cangrejos. No es un estilo rimbombante. Las oraciones son intensas y suficientes en la escueta información que manejan. Los únicos momentos en que el texto se aleja del referente son las meditaciones del cronista alrededor del cangrejero como metáfora del mundo, que analizan lo registrado sin aires reflexivos progres, soluciones ni lamentos. El grito tragicómico, de todas maneras, emerge de la suciedad del mundo construido en la historia.
Punch: Luego del primer punch que es un cross de derecha a la mandíbula, no nos encontramos con nuevos giros o golpes demoledores pero eso no evita que queramos permanentemente conocer las historias y biografías de nuestros nuevos amigos de vicios.
Nos preguntamos: ¿No hablamos suficiente ya de la marginalidad desde El reino de este mundo, la poesía gauchesca y Boedo?
Nos respondemos: Ni en pedo.
Anclaje socio-histórico: El presente, la cara pordiosera del barrio de Belgrano y un revival fugaz de la nefasta Unidad de Control del Espacio Público.
Estado de la materia: Líquido.
Digestión: Ultra veloz.
Para leer en voz alta: Sí, como si fuera una película en donde una voz en off cuenta su historia.

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